domingo, 8 de abril de 2012

EL JUEGO DEL NIÑO-DIOS



El Amor mora en nosotros como una flor sin abrir
esperando un súbito momento del alma,
... o vagabundea en su sueño encantado en medio de pensamientos y de cosas;
el niño-dios juega, se busca a sí mismo
en muchos corazones y mentes y formas vivientes:
aguarda por un signo que pueda conocer
y, cuando llega, despierta ciegamente a una voz,
a una mirada, a un toque, a la expresión de un rostro.

Su instrumento la oscura mente corporal,
de la celestial visión interior ahora olvidada,
se fija en algún signo de encanto externo
que lo guíe entre la multitud de insinuaciones de la Naturaleza,
lee verdades celestiales en los semblantes de la tierra,
desea la imagen en atención a la divinidad,
adivina la inmortalidad de la forma
y toma el cuerpo por la escultura del alma.

La adoración del Amor que cual vidente místico
a través de la visión atiende a lo invisible,
en el alfabeto de la tierra encuentra un sentido divino;
mas la mente sólo piensa, "Contemplad al uno
por el cual mi vida tanto ha esperado insatisfecha,
contemplad al inesperado soberano de mis días."
El corazón siente al corazón, el miembro clama al miembro que responde;
todo tiende a realizar la unidad que todo es.
Demasiado lejos del Divino, el Amor busca su verdad
y la Vida es ciega y los instrumentos decepcionan
y hay Poderes que trabajan para envilecer.
Todavía puede llegar la visión, venir la alegría.

Sri Aurobindo (Savitri)

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