miércoles, 25 de julio de 2012

Rompiendo el hechizo



por Kingsley L. Dennis

Poseemos en nosotros los medios (en términos de capacidad y potencial) para desarrollar grandes energías de conciencia. Es importante cómo vivimos cada experiencia, hecho, situación y circunstancia. Obtenemos sentido no por lo que ‘nos pasa’ en la vida, sino por cómo ‘respondemos’ a ello. Es la ‘digestión’ de las experiencias y los sucesos lo que tiene la capacidad de proveernos de sentido.

Gran parte de la vida moderna se ha convertido en una distracción que nos desequilibra. Para muchos se puede decir que el mundo es una ‘distracción de la atención’. Sufrimos no un déficit de atención, sino una saturación de la atención (o mejor dicho una atención distraída –desplazada). Se ha puesto mucho énfasis en la gratificación exterior a costa de nuestra condición interna. Muchos de nosotros vamos por la vida como autómatas, sin tocar apenas la epidermis del estar alerta o despierto. A menudo estamos fuera de sintonía y debemos quitarnos el sueño de los ojos. Hay demasiada ‘información’ pero poco ‘sentido’. Muchas culturas occidentales dan mucha importancia a la acumulación de información; de esta manera llegan a dar lugar a gigantes intelectuales, pero inmaduros a nivel espiritual.


Estar más consciente como persona no significa tener poderes extrasensoriales ni tampoco requiere irse de peregrinación a Oriente. Lo primero que se necesita es que te escuches a ti mismo. También se requiere que prestes mucha atención a cómo escuchas e interpretas el mundo externo. Es una práctica que no requiere que uno sea superficial y ascético, ni tampoco místico o histérico. De hecho, a menudo se trata de ser franco y tener sentido del humor; es más una cuestión de ciencia que de superstición.
Para muchas personas la unión del mundo interior y exterior todavía es algo borroso y turbio. La mayoría de las percepciones y pensamientos diarios están restringidos por capas de condicionamiento social, que operan mayoritariamente de forma mecánica. Es una ayuda si empezamos por darnos cuenta de la cantidad de ‘pensamiento erróneo’ que perpetuamos en relación con todo lo que reclamamos como propio: nuestros pensamientos, puntos de vista, creencias, gustos, hábitos... De hecho, la mayor parte de nuestro bagaje se forma a través de la imitación o del condicionamiento procedente de nuestros patrones culturales. Un antiguo proverbio dice: “Los que beben el vino viejo no tienen espacio para el nuevo.” Nuestro vino viejo ha sido proporcionado por nuestro condicionamiento social y, aunque este pueda variar según el tiempo, el lugar y las personas, siempre parte de unas bases fundamentales.
(Imagen: © Tatsiana Yakubitskaya  / www.shutterstock.com)
Con pocas excepciones, todas las personas son educadas dentro de unos parámetros culturales muy definidos. Estos parámetros dominantes intentan crear normas de pensamiento y comportamiento social y culturalmente aceptadas. Esto se realiza a través de mecanismos sociales como la fe o religión personal, la ciencia, el lenguaje y las emociones, la negación y la duda, la alegría y el miedo, la seguridad (identidad y pertenencia), la condición social y el materialismo.
Al final, reforzamos creencias que han sido impuestas en nosotros, y las aceptamos y defendemos como propias. Por supuesto, solo ‘creemos’ aquello que queremos o que se ajusta a nuestro paradigma perceptual y solo apoyamos la inversión hecha en nuestras creencias. Por lo tanto, las personas buscan y promueven aquellas actividades y experiencias que les sirven para reforzar y validar sus propias convicciones. Las personas raramente buscan aquellas experiencias que cuestionen de forma activa sus percepciones, de tal modo que se les cree incertidumbre o duda. ¿Cuántos conservadores radicales dedicarían tiempo a leer el último comunicado comunista? Sin embargo, las ideas fijas son el enemigo de la libertad de pensamiento.
Las personas están al servicio del mundo exterior de tal forma que su energía vital es absorbida en gran medida. En otras palabras, el condicionamiento social es mantenido y apoyado por la energía consciente que irradia de las masas. Todos estamos cediendo fácilmente nuestro poder. Es como si nuestro propio poder interno personal fuera algo que no podemos usar o que no sabemos cómo usar. Pero al ceder nuestro poder personal estamos haciendo que el poder externo se use en contra nuestro. Pocas veces somos conscientes del tipo de poder que hay en cada uno de nosotros, y de que cada persona tiene el poder suficiente para lo que necesita. Pero para eso primero necesitamos romper el hechizo.
Nuestra consensuada realidad colectiva es un hechizo de brujas. Es una alucinadora realidad compartida que es a la vez fascinante y engañosa. Por lo tanto, para ‘despertar’ nuestras facultades de percepción y conciencia necesitamos darnos cuenta de cómo pensamos y reaccionamos, y a partir de ahí desarrollar nuestra fuerza interior.
La mayoría de las personas a menudo actúan a partir de sus pensamientos y deseos sin tomar responsabilidad por ello. Por consiguiente, necesitamos asumir la responsabilidad de nuestra presencia en el mundo. Tomando responsabilidad de esta manera hacemos que cada momento sea un encuentro con nosotros mismos. Si no tomamos esta responsabilidad permitimos que las situaciones se nos escapen de las manos y que nos dejen impotentes para defendernos de su influencia adversa. Para romper el hechizo del condicionamiento social se requiere establecer todo un nuevo sistema de percepción. Se necesita una reserva mental, emocional y energética de concentración que pueda sustituir el viejo condicionamiento de la persona por nuevas referencias más positivas y útiles. Podemos revitalizar estas capacidades energéticas y creativas por medio de aprender a manejar nuestra propia energía, estando vigilantes o tomando distancia.

Puedes leer este contenido íntegro, de siete páginas de extensión, en el número 94 de la Revista Athanor (julio - agosto 2012).

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