lunes, 26 de mayo de 2014

Las Mujeres del Camino Rojo


Mayo de flores y tormentas, la luna va menguando de a poquito en el cielo y yo voy entrando en la fase de hechicera. Los días fértiles quedaron atrás, la extroversión, el sexo, las ganas de hablar… se me fueron por entre las manos, y una melancolía como de hierro me ha ido inundando el corazón. Así que dejo los altos riscos por ahora, respeto la sabiduría de adentro y me retiro a recoger pajitas, trozos de helecho, algodón, pelo de conejo y nubes blancas. Para construirme un nido, un refugio donde poder estar tranquila, con mis plumas y mis letras. Compañerita, permíteme escribir más lento que otras veces, siento tan fuerte el olor del viento, el dolor del mundo, que me cuesta expresar. Pero necesitaba cogerte de las manos, ya ves, y decirte algunas cosas.

Últimamente pienso mucho en nosotras, en ti y en mi, en la necesidad que tenemos las mujeres de autorespetarnos, de estar atentas a los mensajes de nuestro cuerpo y espíritu. Han pasado muchas primaveras ya desde que se nos obligó a vivir a todas en un mundo lineal, sin estaciones, desde que se nos enseñó a sonreír y a agradar incluso a aquellos que contribuían a nuestro agotamiento, represión, y tristeza. Nuestro corazón ha tenido, por tanto, que desarrollarse hacia dentro, nuestra ira, nuestras mayores alegrías, los sueños amados… todo se nos ha ido enquistando en el pecho, hermana, durante siglos. Por eso a veces el cuerpo nos chilla que ya basta, nos recuerda firmemente que somos hijas de la Tierra, de esta madre querida que late al compás de cada día, de cada luna, de cada estrella. Por eso a veces el útero se nos contrae de tal manera que tenemos cólicos, reglas dolorosas, ovarios poliquísticos. Algunas optamos entonces por tomar la píldora anticonceptiva, o analgésicos a pares; maldecimos nuestra condición de mujeres porque tenemos que ir a trabajar, a pesar del dolor, a pesar de los calambres, porque la sociedad está pensada por y para el hombre blanco y nos sentimos impotentes. Pero escúchame bien, amiga, cuando el cuerpo nos duele al menstruar se está curando, sólo se está curando. Hay que dejar que exprese ese grito de rabia contenida, esa impotencia brutal que no hemos podido comunicar de otro modo, esa nostalgia de otras épocas, en las que éramos admiradas por nuestra visión y poder.

Las infecciones de orina son también una oportunidad para sanar, una señal luminosa que nos advierte por donde sí y por donde no. Según la Doctora Northup, escritora del libro “Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer”, la cistitis tiene un origen psicosomático, es decir, se debe a factores psicológicos y espirituales que, de no resolverse, acaban por reflejarse en el plano físico. Entre estos factores, cabe destacar el de sentirnos invadidas de alguna forma.

Recuerdo que la primera vez que tuve una infección de orina estaba viviendo en un templo budista. Allí, teníamos que dormir en cabañas minúsculas de cuatro personas, por lo que era muy difícil tener algo de intimidad. Las mujeres que estábamos allí, nos duchábamos e íbamos al lavabo codo con codo, y realmente se echaba en falta un poco más de privacidad. Claro está que, en estas condiciones, la cistitis no tardó en aparecer y fue bastante resistente incluso a los medicamentos. Todo ello, unido a otros motivos, fue desencadenante de mi salida del templo y de mi vuelta a la ciudad.

La verdad es que, desde entonces, no había vuelto a tener infección de orina. Hasta hace unos días, que volvió a desencadenarse. Esta vez, sí contaba con la intimidad suficiente, por lo que empecé a preguntarme de qué otra manera podía haberme sentido invadida. El caso es que sin reflexionar mucho sobre ello, me vinieron a la mente varios ejemplos. Este mes me había obligado a quedar con gente cuando, en realidad, lo que más me apetecía era estar en casa leyendo; había hecho el amor con mi pareja con menos delicadeza y suavidad de la que me habría gustado; no había respetado mi necesidad de estar a solas conmigo.. Así que finalmente concluí que sí, que efectivamente me había sentido invadida y el cuerpo sólo me estaba trayendo más conciencia sobre ello. Te digo ésto, hermana, porque sé que hay muchas mujeres que no paran de tener cistitis y desconocen esta información. Y creo que es importante que se sepa, que todas aprendamos a observarnos, a mirar a nuestro alrededor y a buscar las causas hasta debajo de las piedras, entre las nubes de polvo y las tormentas.

Mamífera con manos, hembra silvestre, vamos a respetarnos. Cada una de nosotras tenemos unos ritmos y unas necesidades, y es tiempo ya de mostrárselas al mundo, hemos permanecido muchos años en la sombra y hasta aquí. Tenemos un instrumento de fina piel y olfato agudo, un instrumento que nos guía en la oscuridad como las luciérnagas y jamás nos abandona, aunque nos lo extirpen, un instrumento al que podemos preguntar cuando las dudas nos pueblen la mente y el pulso se ponga a temblar como loco. Amado útero, tantas veces olvidado. Tú que te contraes cuando algo nos duele, tú que te retuerces cuando la rabia nos llama, tú que bailas cuando nosotras te bendecimos, ayúdanos en este sendero que hoy comenzamos. Que cuando algo no nos emocione el corazón, nos lo hagas saber; que cuando algo no nos apetezca pese a los consejos, los convencionalismos y el qué dirán, nos des tu fuerza; que cuando tengamos un sueño claro, fresco y apasionante sin cumplir, nos lo grites desde las tripas. Somos las mujeres del camino rojo. Ya llegamos. Ahó. Ahó. 

 Fuente: http://mujertaruk.wordpress.com/

No hay comentarios: